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Probablemente en casi todos los hogares
hay un ejemplar del tristemente célebre Diario
de Ana Frank, traducido al idioma correspondiente.
Anne Frank —sí, se escribe con “e”—
nació en Alemania en 1929 aunque, en 1933, ante
la llegada de Hitler al poder, la familia Frank,
judía, emigró a los Países Bajos.
La pequeña Anne vivió unos primeros años
en Amsterdam bastante tranquilos, hasta que los nazis
ocuparon la ciudad en 1940 y, dos años
más tarde, empezaron a deportar judíos
a campos de exterminio.
Entonces, la familia decidió
esconderse, y es en este momento cuando la pequeña
—junto con sus padres, su hermana y unos amigos
holandeses de la familia, los Van Pels— se trasladó
a vivir a la famosa casa del canal Prinsengracht
267, que no era otra cosa que una de las oficinas
de la empresa del señor Frank,
Opekta, con unas habitaciones “secretas”
en la parte de atrás.
En 1944, la Gestapo descubrió
el escondite, detuvo a todos los inquilinos, los mandó
a Auschwitz-Birkenau, y acabó
transfiriendo a Anne y su hermana Margot al campo de
Bergen-Belsen. Las dos murieron trágicamente
de tifus un mes antes de la liberación del campo
en 1945. Sólo Otto Frank sobrevivió a
la guerra.
Gracias al diario de Anne
conocemos, hoy en día, un sinfín de detalles
sobre la vida cotidiana de una familia que vivía
escondida. El diario, como el de cualquier adolescente,
guarda los sentimientos, las ilusiones y las esperanzas
de la niña, y narra los acontecimientos de una
época que escalofrió al mundo.
Anne Frank pretendía escribir una novela autobiográfica
cuando acabara la Segunda Guerra Mundial.
La Casa de Anne Frank es, hoy, una
de las atracciones más importantes de la ciudad
de Amsterdam y un monumento a las víctimas
del nazismo. Es una casa-museo en la que podemos
entrar y ver las estancias que se describen en el diario,
objetos personales de la familia, subir por unas empinadísimas
escaleras de madera y, el plato fuerte, el diario original,
expuesto en una vitrina.
A pesar de que, cuando se inauguró
el museo en 1960, se pretendía mantener la casa
intacta, se tuvieron que quitar algunos muebles para
que los visitantes —que cada año son más,
llegando a casi un millón en 2006— pudieran
moverse con más de libertad, aunque sigue siendo
un lugar conocido por lo apretujados que están
los visitantes. Aún así, es imprescindible
visitar este lugar si se va a Amsterdam.
En 1999 la reina Beatriz de Holanda inauguró
la renovación del museo, que se adaptaba a la
creciente afluencia de público. Llegar es fácil:
está a 20 minutos a pie de la estación
central de trenes, y también tiene cerca la parada
“Westermarkt”, donde paran
las líneas 13 y 17 del tranvía y 21, 170,
171 y 172 del autobús.
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