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Bañada por el río
Amstel, Ámsterdam nació a principios
del siglo XIV, como un enclave pesquero, y dada su situación
privilegiada no tardó en florecer como una ciudad
próspera. En aquellas fechas, tanto Ámsterdam
como la actual Holanda estaban bajo dominio del imperio
español, en ese territorio llamado Flandes. Tras
80 años de guerra los holandeses
consiguieron la independencia y se inició en
la joven república un período
de esplendor que le llevaría a ser uno de los
lugares más ricos del mundo.
Desde sus comienzos, Holanda y por
defecto Amsterdam se han caracterizado por su marcado
liberalismo y tolerancia, siendo refugio europeo
de todas las etnias y minorías perseguidas en
Europa. Esta marcada liberalidad todavía se mantiene,
siendo los países bajos un estado puntero en
los derechos sociales.
La emancipación del imperio
español condujo a la ciudad a su más gloriosa
época, que culminó en el esplendor del
s.XVII, cuando una burguesía
madura e industriosa comerciaba a nivel global, desde
su puerto a orillas del atlántico. Esta acaudalada
burguesía regaló a su ciudad los mejores
artistas, arquitectos, pintores, escritores, de esta
hornada de autores destaca el genial autor Rembrandt.
El s.XVIII fue una
época aciaga para Ámsterdam ya que a las
pugnas de raíz comercial con Francia y Reino
Unido, se sumó la aparición en
el escenario de Napoleón y sus
afanes imperialistas, esta sucesión de guerras
y conflictos frenó el impresionante aumento demográfico
de Ámsterdam y supuso un serio golpe a su próspera
economía.
Ámsterdam tuvo
que esperar su momento hasta finales del s.XIX
cuando el comercio internacional que tanto
bien hicieron a la ciudad siglos antes se restableció
y el esplendor se retomó de la mano de un espíritu
emprendedor, liberal e industrioso que dota a la ciudad
de un espíritu especial.
Si bien Holanda pudo esquivar la primera
guerra mundial gracias a su neutralidad, ya en el siglo
XX, los nazis no dudaron en invadirla y conquistarla.
No tardó poco el Reich en expandir
su plan de exterminio a tierras neerlandesas, y las
deportaciones de judíos a campos de concentración
fueron continuas durante la guerra… entre aquellos
deportados se encontraba la tristemente conocida Ana
Frank.
El hambre, la violencia, y la represión,
subyugaron a Ámsterdam hasta el fin de la guerra,
gracias a la victoria aliada. Se abrió pues una
época incierta en la que la ciudad se repuso
de una forma excelente fortaleciendo una preestablecida
disposición al comercio internacional,
volviendo de nuevo al sendero que marca su historia,
siendo a día de hoy una ciudad abierta, que mira
al mundo, tranquila, ecologista, como una quimera que
demuestra con su pacífica existencia que la ciudad
ideal es posible.
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